Friday, April 17, 2009

Macumba...Capitulo XVII. Patricio Bartolo























Patricio Bartolo Gonzalo Larramendis asombró, el día de su nacimiento, por su belleza y buena salud hasta al mismísimo experimentado doctor Sebastiano Goicochea. Fue un parto fácil para Patricia Beatriz, a pesar de su condición de inválida. El bebé era grande, pero ella dilató más de lo normal y prácticamente lo escupió. Nació pesando 4.7 kilos y midiendo 22 pulgadas.


-¡Es el crío mas bello que ojos humanos han visto!-dijo el doctor


-¡Todo un macho! Exclamó orgulloso el Manolete, aun asombrado de haber contribuido a la creación de un ejemplar tan perfecto.


-¡Oh Cielos…es bello! Dijo enternecida Patricia Beatriz, cuando el bebé le fue puesto en sus brazos, ya limpiecito y envuelto en una preciosa manta, regalo de su abuelo materno. – Será un excelente torero…igual que su madre!


-¡Así sea!- Dijo el Manolete, no muy convencido de sus palabras, pero él siempre asentía a cualquier cosa que dijera su mujer.


. Patricia Beatriz quiso amamantarlo ella misma, a pesar de que se sobraban las nodrizas.

-¡A este hombrecito lo he parido yo, y yo lo amamanto. ¡Joder, chicas! ¡Vayan por ahí a alimentar a sus bastardos! – Les decía a las que les traía el Manolete, creyendo que le hacía un favor a su esposa.


Los primeros días después del parto, la casa de convirtió en un museo. Vinieron visitantes de todas partes a conocer al hijo de la Cordobesa, el que cada día se ponía más bello y robusto. Vinieron hasta pintores y escultores interesados en reproducir artísticamente a la preciosa criatura.


Desde el amanecer llegaban los visitantes, sentándose en la espaciosa sala en espera de que Patricia Beatriz apareciera sentada en una silla de ruedas, muy rústica pero que resolvía, con su hijo en brazos para mostrarlo orgullosa antes de darle la primera toma. Luego se retiraba por unos instantes para desayunar y amamantar a su hijo, mientras una segunda camada de visitantes ansiosos esperaba que volviera a aparecer. La empujaba con mucha dificultad, pero orgulloso su marido y padre de la criatura, El Manolete.


Posando para los pintores, Patricia Beatriz era sentada en una preciosa butaca barroca con su hijo en brazos, o ponían al bebé solo en un canasto forrado de satín azul, ligero de ropas, para que el pintor pudiera reproducir al detalle los saludables rollitos en las piernas y los brazos del bebé rollizo.


El famoso pintor francés, Charles de la Fosse, se detuvo en el pueblo de Fuente Distante, interesado por las historias y descripciones de la bella criatura que escuchó durante su periplo hacia Venecia.


En la imagen que aquí reproduzco, uno de los famosos cuadros del pintor, el precioso bebé Patricio Bartolo sirvió de modelo para uno de los angelitos (el de abajo a la derecha). La modelo de la musa del medio fue Hildegunda, una de las criadas de Patricia Beatriz, que después de esta experiencia cambió de carrera y de domicilio y ganó dinero y fama como modelo de otros importantes pintores de la época.


Los cinco años de Patricio Bartolo.

Continuará...


Sunday, February 22, 2009

La Herencia de Macumba, Capítulo XVI

Iglesia de Santa Marina


La Cordobesa sobrevivió. Los cuernos de Bartolo le perforaron un pulmón y le quebraron la columna vertebral. A pesar de ser una niña menuda, era muy fuerte físicamente, y con la ayuda de Macumba, que ella no agradeció mucho, ni los demás tampoco, vivió muchos años en silla de ruedas, martirizando a todo el mundo con su mal carácter.

Bartolo, tras la cornada final que le dedicó a su vaca Amapola y su ternero Campanito, expiró feliz, sabiendo que algo, aunque sea la capacidad de caminar de la torera, se llevaba consigo. “Esta perra no va a ensalchichar a mi Campanito ni a ningún otro toro en su vida’’. Fue su último pensamiento. También le arrebató a Patricia Beatriz disfrutar su victoria cortándole una oreja. Con el corre corre que se formó prácticamente se olvidaron de él y si no llega a ser por Sarvelio Cifuentes, el carnicero, muy atento al destino del toro, a este se lo hubiesen comido los buitres.

Al ver que su toro no regresaba, presintiendo lo peor con la conocida intuición femenina, Amapola huyó de Córdoba con Campanito. Atravesaron caminos, valles y montañas, hasta que pudieron embarcar de polizontes en un buque que los llevó a la India, donde los recibieron a los dos con muchas reverencias.
Desde entonces Amapola, fue rebautizada con el nombre Barisha, que significa Pura, y tratada como una diosa en el estado de Maharasthra. A Capanito, rebautizado con el nombre de Sagara, que significa océano, le dejaron vivir con su madre toda la vida y hacer lo que le diera la gana.

Para Manuel Gonzalo Maldonado, conocido por Manolete, Patricia Beatriz era un ídolo. De pequeños le tenia miedo, ¿quien no? Y eso que ella no le prestaba ni la más mínima atención, solo cuando lo necesitaba para que le ayudara en alguna de sus travesuras. Pero luego de ver lo que la chiquilla había llegado a hacer, Manolete no pudo menos que postrarse ante ella. Quería ser su esclavo. Se convirtió en su compañero de siempre. Era el único que la soportaba, a pesar de que Patricia Beatriz lo trataba como si fuera un perro sarnoso. Pero mientras mas lo maltrataba, más devoción sentía por ella el Manolete. Hasta el punto que cuando cumplieron 20 años, la pidió en matrimonio.

La reacción de los padres de los implicados fue muy diferente. El padre de Manolete, Don Manuel Maldonado, dueño de la más grande ferretería de Córdoba, no podía creer que si hijo fuera a casarse con esa fierecilla indomable, más que nada por el temor que una de sus nietas le saliera parecida. Estuvo a punto de desheredar al chico, pero no lo hizo. Le montó un ferretería a unos 600 kilómetros de donde ellos vivían y le dijo que si se casaba con ella tenían que irse a vivir allá.

En cambio, Patricio er Gitano, con lo mucho que adoraba a su hija, estaba feliz con la noticia. Lo mismo que el resto de los que vivían en la casa. Pensó que Manolete podía muy bien cuidar de ella y le dotó con lo más que pudo para que se fueran para el pueblo aquel y vivieran muy felices.

Patricia al principio no quería casarse. Para ella Manolete era un gilipollas, un monigote que ella usaba a su antojo. Pero pronto comprendió que nadie que no fuera así iba a poder soportarla a ella. Además ella tampoco lo aceptaría, “joder, la que manda siempre seré yo.”’ Pensó. Así que decidió darle el si. Ya que no podía torear más, al menos se divertirían jeringando al Manolete y a todos los criados que pensaban tener para mandar, dominar y maltratar todo lo que quisiera.

El 27 de octubre de 1990, Patricia Beatriz Larramendis Zamorano se casó con Manuel Gonzalo Maldonado Ruiz, en la preciosa iglesia de Santa Marina.

La boda fue todo un acontecimiento. La iglesia se abarrotó de gente. Asistieron todos y cada uno de los que habían presenciado la corrida de toros de La Cordobesa, más todos los otros invitados y familiares.

Al terminar la ceremonia y salir a la puerta de la iglesia, bajo gritos de “vivan los novios” y “viva la Cordobesa” la multitud les lanzaba arroz, pétalos de rosa y para gran sorpresa de todos, la oreja de Bartolo, lanzada por el Sarvelio Cifuentes. El carnicero la había conservado como reliquia todos estos años y creyó justo regalarla a la novia en su día de bodas.

El gesto conmovió a Patricia Beatriz. Nunca nada la había conmovido. Por primera vez se vio correr una lágrima por su mejilla, porque ni siquiera expresó su dolor con llanto cuando supo que nunca más podría caminar.

Algunos pensaron “mira eso, tiene corazón” porque lo que todo el mundo pensaba era que esa mujer lo que tenía por corazón era un par de huevos.

Luego de la ceremonia hubo una corta recepción en la casa con selectos invitados y rapidito, rapidito, pusieron a los novios en un elegante coche con todas las comodidades para el largo viaje que iban a emprender hacia sus dominios allá en el pueblo aquel, bien lejos de todos los que los conocían.

Pero la oreja de Bartolo, que Patricia Beatriz se colgó al cuello como un amuleto, tuvo un efecto sedante en el carácter de la joven. La llevaba siempre, hasta para dormir y poco a poco se fue dulcificando, experimentando un cambio que nadie podía entender pero que todos agradecían.

Dos años después del matrimonio, el 11 de noviembre de 1692, Patricia Beatriz dio a luz un precioso niño. Advertida por su padre de que a su primogénito debía llamarse igual que ella, el recién nacido fue nombrado Patricio Bartolo.

Friday, February 20, 2009

Macumba. Capítulo XV


Patricia Beatriz no sintió miedo ante la furia de Bartolo. Mirándole fijamente a lo ojos, balanceó el capote que cubría una afilada espada, pero Bartolo, mientras se acercaba, solo tenía ojos para el centro de la delicada figurita que refulgía (por las lentejuelas del traje) en el centro de aquella arena. Claro, no podía negar que el trapo le distraía por fracciones de fracciones de segundos. Era como una gotita de agua cayendo en medio del cerebro taurino.


En una de esas fracciones de fracciones dudó: le voy al centro de la mocosa o al trapo?

Patricia Beatriz, atenta a cada movimiento de la bestia, percibió la duda de Bartolo y ondeó su capote con más fuerza. La gotita se convirtió a solo unos pasos de la niña torera, en un torrente. En el último momento, el capote rojo (que para él, era gris, porque los toros son daltónicos) se movía de una forma insoportablemente molesta; tenía que matar al trapo ese antes de hacer otra cosa, de modo que lo embistió con toda sus fuerzas.


¡Ay coño! ¿Qué fue eso?


Esta fue la reacción de Bartolo al sentir un dolor agudo en el músculo de su cuello, producido por la afilada espada que Patricia Beatriz le había clavado. Había investido el trapo a tal velocidad que no pudo detenerse casi hasta llegar al un extremo de la arena. Tampoco pudo voltear el cuello para mirar hacia atrás porque tenía el músculo paralizado por la espada. El encabronamiento de Bartolo rompió el encabronómetro, Frenó arrastrando las dos patas de atrás y en un giro de 180 grados se detuvo para recuperarse un instante antes de irle pa’ arriba a la mocosa esa con todas las fuerzas de sus 300 kilos (928.8 libras).


Patricia Beatriz no se dejó distraer por el aplauso y los gritos del publico entusiasmado. Patricio er Gitano rompió el taburete donde estaba sentado de la presión que le había puesto cuando vio al toro aquel que estaba tan grande y tan bravo, acercase a su hijita. Ramiro el Cojo en cambio, por lo bien que conocía a Patricia Beatriz, sintió pena por el toro. Todo los demás estaban muy asombrados de cómo la niña menuda aquella mostraba semejante coraje ante tamaño peligro. ¡Y que porte tenía! ¿De donde había sacado eso?


Macumba y Don Regismundo, el abuelo de Patricia B., también estaban allí en espíritu, saboreando el primer triunfo de la niña sobre el toro. Aunque con todo y su capacidad de ver el futuro, ninguno de los dos se había atrevido a mirar por esa ventana, por temor de ver algo que no querían ver.


Bartolo, ahora en la distancia, pateando la arena con su pata delantera y echando humo por los huecos del hocico, aguantaba como un macho el dolor que le producía la espada clavada en su nuca. Pensaba en su propio lenguaje, que en esta embestida iba a hacer trizas a esta desgraciada que se había propuesto amargarle la vida. El tan contento que estaba desde que había montado a Amapola y habían tenido un hermoso ternerito!


Patricia Beatriz no desvariaba, Solo veía al toro y calculaba su el punto por donde le iba a clavar la espada mortal. Pero no quería hacerlo tan pronto. Seria a su tiempo.

Se hizo silencio en la audiencia. Un chico se acercó a toda velocidad para entregarle otra espada a Beatriz. Bartolo lo vio y pensó, “¿ah si? A ti te agarro yo después”.

El capote comenzó a moverse de un lado a otro y Patricia abrió la boca para dejar escapar una amable invitación.

-Venga toro! No se haga rogar!


Bartolo dejó de patear el piso y se lanzó en una frenética carrera contra el capote que lo distraía de cornear mortalmente a la mocosa. Esta vez Patricia no le clavo la espada. Lo dejó embestir el trapo, moviéndose con gracia torera, mientras el toro giraba buscando clavar sus cuernos en el capote.


Después de unas cuantas vueltas el toro quedó un poco mareado, y se detuvo. El público se levantó para ovacionar la torera y cuando ella les dedico una sonrisa e hizo una pequeña reverencia, poco faltó para que los entusiastas chavales y no tan chavales le lanzaran un que otro calzoncillo apestosillo a la maja mataora.


El toro se compuso. Patricia B se concentró; se alejó unos pasos de él, tomó la espada con la mano derecha, abrió el capote con la mano izquierda, lo balanceó ante los ojos del toro y girando sutilmente se fue alejando más aun para poner cierta distancia entre ella y la bestia con el fin de darle por donde tenía que darle en la próxima embestida.

Bartolo estaba perdiendo la paciencia. “Tengo que acabar con ella de una vez, porque en este circo parece que el payaso soy yo”.


Comenzó a patear la arena con su pata delantera derecha. Se acordó de todas las ofensas que había recibido de la mocosa esa desde hacía ni se sabe cuando, y para colmo ahora lo había dejado con una tortícolis del carajo. No podía mover el cuello. No podía levantar la mirada hacia ella. Pero lo que podía ver le bastaba para darle una buena cornada por el centro y arrastrarla por toda la arena a ver si los gilipollas esos iban a aplaudir tanto.


Patricia sentía crecer su furor. Le mostró el paño una vez mas. “no, el paño no, - pensó el toro – a ti es a la que te voy a dar ahora casquito e’ dulceguayaba”


De nuevo se abalanzó sobre Patricia Beatriz, que ya lo esperaba espada en mano para dale la estocada final. Por un segundo Patricia se coloco detrás del paño. El toro pensó, ¡Ahora si! ¡Voy a matar dos pájaros de un tiro!” Fue directo al paño con todas sus fuerzas, pero en la última fracción de fracción de segundo, Patricia Beatriz se salió por un costado de detrás del paño y le clavo la espada en el corazón al toro bravío.


El público se levantó en un clamor de euforia. Cientos de sombreros cayeron sobre la arena, las sirvientas de la niña se tiraron al suelo de rodillas a dar gracias, los sirvientes se abrazaban unos a otros, Patricio er gitano abrazó a Ramiro el Cojo y José el Moro, que eran sus más allegados. Lloraba de alegría, alivio y orgullo. El procurador, el cura y el rector de la universidad daban saltitos de alegría como si fueran escolares.


Patricia estaba en medio de la plaza, en éxtasis, repitiéndose y todavía saboreando el momento en que clavó la espada en el corazón de Bartolo, sin el menor sentimiento de simpatía por el tiempo que hacía se conocían. Era la primera corrida de toros que se realizaba en Córdoba. Era la primera mujer torera de la historia. Era el primer toro que ella misma, Patricia Beatriz Larramendis Zamorano, le clavaba una espada en el corazón.


Bartolo, tras la estocada fatal, había caído al suelo, adolorido, herido de muerte, sangrando a borbotones, debilitándose rápidamente, perdiendo el sentido de la realidad. Ante su vista nublada por la sangre y el dolor, pasó su vida entera, desde que nació de la vaca Adelaida, pasando por los juegos y retozos con los otros terneritos; el primer sentimiento de amor hacia Amapola, los días en que conoció a la mocosa asesina esa, que le tiraba piedras y lo azuzaba para que él la persiguiera; el momento en que montó a Amapola; el nacimiento de su hijo

Campanito, y el momento fatal en que lo eligieron para enfrentar a la loca arrebatada esta que acaba de clavarle una espada en el corazón. Sintió que el odio tan grande que tenía a Patricia Beatriz le devolvía fuerzas. Abrió los ojos y la vio…medio nublada, pero ahí, saludando a la gentuza que la aclamaba. En ese instante le daba la espalda, pero estaba cerca, muy cerca…


En un esfuerzo sobre taurino, Bartolo se paró de suelo y embistió con las fuerzas que le quedaban la espalda de Patricia Beatriz, La Cordobesa.


Todo sucedió en una fracción de fracción de segundo. Tras la cual, ambos. torera y toro, se desplomaron en medio del alarido unánime de todos los presentes.


Continuará…


Monday, February 16, 2009

Macumba, Parte XIV


El cochero la esperaba con la puertecilla abierta. "Como si no la conociera – pensaba unos segundos antes de verla – Aparecerá por esa puerta y entrará por esta otra como una tromba marina sin deci ni ji…¡Chiquilla der diablo!"

Y asi fue. En un abrir y cerrar de ojos estaba dentro, dando órdenes.

¡Sube padre! Y tú, cochero, hala para la Rotonda de la Muerte, que hay un toro esperando que lo haga un colador!


Sonrió con la alegría de una quinceañera camino a su baile o una novia en camino al altar. Eso era la felicidad para ella, y su padre lo comprendió en ese instante. "¿Cómo he permitido que llegara hasta aquí? – pensó – ¿Pero ahora quien la detiene?

Nunca nadie había podido detenerla. Patricia Beatriz era una de esas personas que aman el peligro, el desafío, el coqueteo con la muerte, pero sobre todo, era de esas personas que viven solo para satisfacer sus deseos, sin importarle las consecuencias y mucho menos, la opinión ni los sentimientos de sus semejantes.

La Rotonda de la Muerte era un círculo en el medio del campo que los hijos de los ganaderos habían preparado con el fin de practicar el deporte taurino. Eso no estaba permitido pero nadie lo denunciaba porque ahí solo iban hombres y chicos de los alrededores que disfrutaban de esos juegos peligrosos y apostaban a toros y toreros.

Patricia Beatriz lo había descubierto, hacía poco menos de un año, en una de sus escapadas. Por supuesto, al principio la habían querido echar de allí, pero a la primera vez que la rechazaron volvió con un arcabuz de su padre y apuntó al toro que estaba toreando uno de aquellos chicos y les dijo:

Voy a matar al toro este de un tiro en medio de los ojos Y si alguien chista voy a seguir disparando hasta que no me quede un solo cartucho, si uno solo de ustedes se atreve a rechazarme. Yo soy más torera que cualquier gilipollas de los que están aquí y voy a torear cuando me de la gana que es ya mismo. ¿Alguien tiene algo que decir?


Los hombres, aterrorizados, pues algunos conocían de la buena puntería de Patricia Beatriz, quien a los cinco años dejó sin perdices a toda la comarca, se apartaron y la dejaron acercarse a la arena.


-Después de este me toca a mi, -dijo firmemente y nadie se opuso.


Desde entonces, la chiquilla iba todos los días y practicaba con novillos, igual que los demás muchachos. Ninguno todavía se habia enfrentado a un toro de 300 kilos. Pero más de un chico habia sufrido una buena pateadura al ser embestido por uno de esos novillos que estaban bastante bien alimentados. La única que nunca sufrió ningún accidente fue Patricia Beatriz. Tampoco mató a ninguna bestia, pero porque no quiso. Los toreaba magistralmente, los enloquecía con su técnica, los evadía con presteza y les enterraba una que otra varilla para demostrarles quien mandaba alli. Cuando ya tenia al novillo a punto de morirse de encabronamiento, se daba media vuelta y lo dejaba ahí. Ella no queria perder sus energías y el poderoso placer de matar a una bestia, con un novillo cualquiera. Esa primera vez tenía que ser con todas las de la ley.


El nombre de Rotonda de la Muerte se le había dado a la pequeña arena por culpa de un torerito amateur que se había dejado arrastrar de lado a lado por un toro que se hizo pasar por novillo y vengó con la sangre de Pachequito, todos los hijos que le habían matado.


Cuando el coche que transportaba a los Larramendis llegó al sitio, todos los presentes se pusieron de pie. Detrás del coche llegaron a caballo unos cuantos sirvientes de la casa lidereados por Ramiro el Cojo y Jose el Moro y detrás de los caballos venían a pie el resto con Simona y Seferina a la cabeza. Nadie queria perderse aquel espectáculo.
Disfrazados de comunes para librarse de la responsabilidad de cerrar aquel lugar y mandar a todo el mundo para su casa, ocupando primera fila estaban el Gobernador, el Procurador, El Rector de la Universidad, el Cura del Pueblo y cuanta autoridad había. La noticia de que "La Cordobesa" de solo 16 años, iba a torear en la Rotonda de Muerte, había recorrido el pueblo de susurro en susurro y no había un alma que quiesiera perderse semejante evento.


La banda de la escuela municipal comenzó a tocar un redoble de tambores cuando Patricia Beatriz asomó por la puertecilla del coche. Escoltada por su padre y sus fieles sirvientes Ramiro el Cojo y José el Moro, La Cordobesa, caminó con altivez entre dos filas de paisanos que la miraban alelados, sientiendo un erizamiento por todo el cuerpo al paso de la niña.


En medio de la arena, una gitana acompañada de un gitano con una gitarra, a modo de apertura del evento, cantó una copla:


Con su singular belleza
en traje de grana y oro
se apresta a matá a er toro
La Cordobesa...La Cordobesa a a...


Al terminar la copla todos los presentes rompieron en un aplauso mientras la muchacha caminaba hacia el centro de la arena. Una vez allí, se quitó el sombrero dejando caer en cascada su cabellera rubia y lanzó el sombrero a las gradas, en donde lo agarró no otro que le Manolete, quien para agarrarlo se lanzó de bruces contra la gente que estaba por debajo de él , que no eran otros que el Procurador y el Cura. Le dijeron un motón de improperios irrepetibles, pero Manolete hizo caso omiso, levantádose adolorido , pero triunfante trofeo en mano.


A una señal de Cipriano Reboredo, uno de los organizadores del evento, se volvió a sentir un redoble de tambores y se abrió la portezuela por donde salio una clase de toro que a Patricio er gitano le parecio del tamaño de un mamut.


-Ay Santa Madre Inmaculada! Ese animal tira a mi hija al suelo con la cola solamente-
-No la subestime Don Patricio - le tranquilizó Ramiro el cojo, quien habia sido cómplice de la nina en todas sus escapadas y sabía bien con quien se iba a enfrentar ese toro.- La Nina Patricia tiene un talento único...créame. Usted puede estar tranquilo...mireme a mi.- le dijo pero no le enseñó la mano que tenía en el bolsillo y que temblaba como una hoja.


El toro se detuvo unos segundos en la distancia...antes de acercarse a la figura que desde el centro de la arena lo invitaba a embestir un paño rojo.
Luego de esos segundos de reconocimiento, el toro se abalanzó a todo galope sobre La Cordobesa. Este lo vio venir, se le plantó de frente y cuando estaba a pocos pies de distancia, preparada para dar un corte con su cuerpo, reconoció a la bestia que segundo a segundo se acercaba a ella, mirándola con fuego en sus ojos.
-Dios! Es Bartolo, joder!
Aun a la velocidad que se le acercaba, en la expresión del rostro de Bartolo la niña torera pudo perfectamente identificar una sonrisa maliciosa.

Continuará.

Friday, February 13, 2009

La Herencia De Macumba. Parte XIII


Fue una lástima que la pobre Constanza no puediera ver el desenlace de la vocación de torera de Patricia Beatriz. La pobre murió de una sobredosis de tisana de tilo, pues se lo tomaba por barriles para calmarse los nervios ante las aventuras de su hija.

Cercana la fecha de su 16 cumpleaños, Patricio er gitano le dijo a su hija que no podía celebrarle una fiesta como hubiese querido porque estaban guardando luto por la muerte de Constanza.

La niña lo miró asombrada

-Fiesta? Desde cuando me gustan a mi las fiestas? Para mi cumpleaños sólo quiero que vayas conmigo a un lugar. Es una sorpresa, así que no preguntes. En el momento te diré.
Patricio tembló.

El día del cumpleaños, Patricia Beatriz se levantó temprano y mandó a su criada que le preparara un baño bien aromático. Quería oler a flores. La joven sirvienta pensó que la niña, al cumplir sus dieciseis, por fin había reconocido que era una señorita. Estaba ansiosa porque le pidiera uno de los hermosos vestidos que su padre le había mandado a hacer para ese día: el azul cielo de raso con encaje nacarado, o el rosa viejo de seda de la India con cinturón brocado, o el blanco hueso de tafetán turco... o el....

-Simona! -

El tono autoritario con el que mencionó su nombre, sobresaltó a la muchacha que dejó de mirar los vestidos en el closet y salió disparada para el cuarto de baño, donde Patricia B, la esperaba para que le alcanzara la toalla. "Ya se le salió la fiera" pensó Simona y haciendo acopio de valor se le acercó con la toalla y la ayudó a envolverse en ella y salir de la tina.

-Ahora déjame sola -

-No quiere que la ayude a vestirse señorita?

-No es necesario Simona...puedo hacerlo yo misma.

Simona no chistó. Ya la conocía bien, pero no podía imaginarse cómo pensaba la niña ponerse un trapo de aquellos que llevaban corsette y un montón de trapos mas primero, y luego había que abotonarlos y hacer lazos y bueno..."ya me llamará" - se dijo y aunque salió y cerró la puerta se mantuvo cerca esperando que la llamara de un momento a otro.

Al rato, Patricia B. la llamó, pero no abrió la puerta. Desde adentro le dijo que avisara a su padre para que preparase un coche. En unos instantes tenían que salir.

Simona salió conrriendo muy entusiasmada a avisarle al señor. Después de buscarlo por su habitación y su despacho lo encontró en el comedor, esperando que su hija bajara para compartir el espléndido desayuno que había mandado a preparar para ella, con tarta de cumpleaños incluida.

La mesa estaba preciosamente vestida y servida con los mbs deliciosos platillos propios del desayuno que se tomaba en aquellos tiempos, más todas las golosinas que a la niña le gustaban: pastel de albaricoque sevillano, pudin de pan con pasas aragonesas, panetela rellena con cerezas de toledo y muchos otros.

Todos los sirvientes estaban colocados alrededor de la mesa esperando a la festejada.

-Que vestido se puso? - le preguntó la cocinera, Seferina, a Simona.

-Pues no se- hundió los hombros - No me dejó ayudarla. Me botó de la habitación.

-Seferina se puso la mano en la boca en señal de asombro. "Es una terca de mierda" pensó.

De pronto se oyeron los pasos de Patricia Beatriz en la escalera. Sus pisadas eran tan fuertes como su personalidad. Nadie podía imaginarse una damisela en traje de princesa, con sus delicados zapatos de medio tacón, haciendo semejante ruido al bajar la escalera.

Todos se miraron con cierta aprensión. Finalmente apareció la festejada, dejando a todos boquiabiertos, en su impecable traje de torera, con boina, capa y pantalón a media pierna, calcetines blancos y zapatillas con hebilla y todo. Joder!

Patricia B. no reparó en el asombro de su padre y sirvientes. No tenía ese tiempo. Observó un instante la mesa servida tan linda, con tantas golosinas, y si no fuera por la emoción arrolladora que le hacia hervir la sangre en las venas, hubiese deseado picar algo, pero ni soñar! En unos minutos se iba a enfrentar a un toro salvaje. Quien iba a pensar en arándanos acaramelados de Segovia, ni rosquillas de azúcar asturianas?

-Padre, muy linda la mesa y cálido el recibimiento, pero tenemos que irnos. Espero que tengas el coche preparado.

-Hija, pero, adonde vas con ese auténtico traje de torero?

-A donde va a ser padre? A torear!

Todas las criadas, que eran como 15, cayeron al unísono de rodillas, se persignaron y comenzaron a rezar padres nuestros, aves marías y cuanta oración se sabían.

Padre, en serio, no tengo tiempo ahora para dar explicaciones. Te contaré en el camino. Este es mi regalo de cumpleaños que me lo he hecho yo misma, porque nadie me lo iba a hacer. Llevo años, que me han parecido siglos, esperando este día. Asi que por favor, no me lo arruines.

Con la misma atravesó el comedor hacia el portón de entrada dejando a su paso un olor a primavera.

(continúa el lunes)

Sunday, November 30, 2008

El Bloqueo

Tengo un poco de "writer's block" con respecto a Macumba. Ofrecí seguirla hace un tiempo y no he cumplido. Por eso ahora no voy a ofrecer nada. Dejaré que fluya sola...Quizá si la llamo venga.
Macumbaaaaaa! MACUMBAAAA! O

Bue...todo lo que tengo que hacer es recordar, porque esta historia esta en mi memoria ancestral.
Voy a repasar los capítulos anteriores a ver...quizá recuerde y rompa el bloqueo.

Cualquier cosa les aviso.

Saturday, July 5, 2008

La Herencia de Macumba


La Herencia de Macumba esta de receso, pero pronto regresa.